ARTivismo en América Latina

Gabriela Berti

 

Este número del proyecto ARTivismo WebZine está centrado en Latinoamérica. El nombre de la publicación es más que un toponímico y, tal vez, sea tan grande como los territorios que abarca. Por ello, hemos escogido algunos países (del norte al sur), para comenzar a abrir un espacio de reflexión en torno a la temática en cuestión.

La selección no obedece ni a criterios de jerarquía, ni a escala axiológica alguna, es una entre tantas otras posibles. Pero, todos los textos que forman parte de este segundo número de la publicación online impulsada por la Fundación Ideograma, son reflexiones potentes que pueden dar lugar a trabajos y prácticas inspiradores. 

La primera edición coral de ARTivismo WebZine se centró en la noción de artivismo, arte activista (como lo llamó la historiadora Nina Felshin) o activismo artístico, acercándonos a las prácticas artísticas que incursionan directamente en la arena política. El motor que impulsó a los textos que la conforman, fue la búsqueda de una definición procesual del artivismo: ¿cuáles son sus límites?; ¿qué lo diferencia de otras formas de arte político?, etc. 

En este caso, sumar la palabra Latinoamérica a artivismo no es un simple aditamento, sino que refuerza la idea de que es siempre necesario tener presente un escenario político situado, así como los diferentes modos de socialización que durante décadas, entre otras cosas, han tenido que poner el cuerpo para oponerse a los regímenes dictatoriales (entre las décadas del 50 y hasta la del 90), cuyas estelas aún pueden observarse a fecha de hoy. 

Artivismo en Latinoamérica/ Foto: Robert Jones

¿América Latina?

Latinoamérica, América Latina son términos que merecen deliberación. Si el lenguaje performativiza el mundo, ¿qué ocurre cuando usamos un término que engloba diversas circunstancias y locaciones? Latinoamérica no es una unidad y la génesis de su etiqueta también esconde una estrategia política, una demarcación étnico-geográfica que no es casta.

A veces esa estrategia ha servido para situar en un gran saco “todo lo que está al sur de Estados Unidos”; para indicar una contraposición valorativa entre la América anglosajona y la “latina” o, igualmente, para despegarse de la etiqueta “Hispanoamérica”; para dejar fuera a países como Jamaica o Barbados, o para producir cohesión identitaria con connotaciones anti-imperialistas, anti-colonialistas y de unión latinoamericanista.

Asimismo, y en la dirección opuesta a esta visión de confraternidad, voces como las de Walter Mignolo cuestionan el concepto “Latinoamérica” por ser heredero de los procesos de colonización, tal como lo hizo como en su libro La idea de América Latina. La herida colonial y la opción decolonial

La formulación de “lo latino” parece actuar como un vínculo de ligazón de diversas identidades, a la vez que se convierte en un escudo contra la América del norte. En este sentido, la noción funciona más de manera defensiva que propositiva, al mismo tiempo que deja fuera parte fundamental de la identidad de esos países, ya que las comunidades originarias están bastante alejadas del denominador (supuestamente) común de “lo latino”.

Desde Tierra del Fuego hasta el río Bravo, pasamos por una gran variedad geográfica, histórica, cultural y política. En cada uno de los países (por no mirar incluso con una lupa más ajustada), hay un pasado con sus particularidades y repliegues, pero en los últimos decenios del siglo XX hubo denominadores comunes (especialmente a nivel económico y político), aunque tampoco son suficientes para marcar una capa de uniformidad.  

Sociedades muy polarizadas entre ricos y pobres, izquierda y derecha, entre la opresión y dictaduras, no sirven para reunir en un solo trazo esta gran cantidad de países que conforman el puzzle de la etiqueta Latinoamérica, aunque sí puede permitir entender algunos mecanismos de avasallamiento, y cómo esa realidad ha causado brechas que permanecen abiertas en el siglo XXI. 

Arte activista en América Latina Foto: Pete Linforth

Arte activista latinoamericano

Entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín, América Latina atravesó un dramático período marcado por golpes de Estado, insurgencias populares y revoluciones, así como inestabilidad y violencia política permanente. La Guerra Fría entre el bloque occidental capitalista y el oriental-comunista, extendió sus tentáculos sobreexplotando a los países llamados “del tercer mundo”, especialmente hacia finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta.  

Dictaduras, junto a la desaparición forzada de personas por parte del Estado, torturas, guerrillas, crisis económicas, la presión del imperialismo y la herencia de los colonialismos, sí que cruzan las múltiples realidades sociales de América Latina. 

Con sus diferencias, estos elementos operan como un factor común en el arte activista latinoamericano porque muchxs artistas localizaron sus prácticas tomando posición en el registro inestable del campo de las luchas políticas.

Justamente, desde finales de los años 50, en varios puntos de América Latina se produjeron diversos sucesos políticos que resultaron ser claves para los artivismos posteriores. Movimientos estudiantiles y obreros que cuestionaban la opresión del Estado, discursos de liberación o la oposición al belicismo, generaron marchas y protestas, pero también acciones artísticas innovadoras, intervenciones en los espacios urbanos y medios de comunicación masiva, happenings, así como nuevos movimientos teatrales (teatro de guerrilla, del oprimido, esquizodrama). 

Ese arte activista en América Latina va más allá del mote “arte político”, es fundamentalmente procesual y colaborativo, lo que conlleva la localización pública y reacciones participativas. Sus modos de producción de formas estéticas y de relacionalidad resaltan la acción, eludiendo las exigencias de la autonomía del arte centrada en la obra como un todo acabado.

Su objetivo no se concentra en torno un objeto final (obra), ni cobra sentido en su realización. El artivismo latinoamericano está permeado por una clara influencia de las vanguardias más políticas y, especialmente, del arte conceptual, en el que convergen y colisionan múltiples temporalidades y espacios.

En el artivimo opera una idea ampliada del arte, puesto que debe entenderse (en la misma medida) como una práctica especializada (música, plástica, performática) y no especializada (no institucionalizada, no formal, saberes populares, etc.). Son prácticas artísticas que hacen explícitos sus vínculos con las condiciones sociales en las que se inscriben, resaltando la capacidad de intervención en ellas y la voluntad de transformación.

Por otro lado, tenemos “la política” que también maniobra dentro del concepto, y que debe pensarse no tanto como un barniz estético (o estetizado) de los activismos, las manifestaciones y protestas, o procesos políticos. Se trata más bien de hacer lo político sin sublimar artísticamente/estéticamente los antagonismos sociales, lo que lleva a desarticular y re-articular lo que existe.

Hay entonces una coexistencia de elementos artísticos con prácticas de participación directa, que buscan desencajar y empujar las agendas políticas. Estas prácticas significativas, son tanto discursivas (que atañe a la especialización de los medios artísticos) como afectivas (opresión social, sentimiento de comunidad, luchas colectivas, pero también la creación de comunidad, la participación colectiva, etc.).

Es importante remarcar que, dentro del artivismo, además de la articulación estético-política, operan igualmente la utilización de las estructuras y lenguajes de los medios de comunicación masiva, estrategias de marketing y publicidad, que son esgrimidas para sus propios fines. Un claro ejemplo y antecedente de ello lo encontramos en el proyecto colectivo argentino: “Tucumán Arde”. Por ello, reducir el artivismo a meros componentes estéticos (arte) o políticos (activistas), puede dejar el análisis en un nivel superficial. 

Foto: Stuart Hampton

Argentina, Chile, México

Muchos de los temas esbozados en las líneas anteriores, aparecen de forma explícita en los artículos reunidos en la sección “Reflexiones” de esta edición de ARTivismo WebZine. Otros, simplemente están allí como una latencia constante, y pueden ayudar a trazar nuevos rumbos en la deriva del pensamiento sobre estas cuestiones. 

México, Chile y Argentina son algunos de los epicentros del artivismo en Latinoamérica, y los tres países sobre los que se detallan y presentan las reflexiones de Ana Paula Sánchez-Cardona, Paulina Varas y Marilé Di Filippo. 

La cuestión de la violencia y las respuestas artivistas a sus diferentes formas de ejercerla (en diversas épocas de aplicación), atraviesan los tres textos de las autoras. Tal vez hay una pregunta que, sin haberse hecho evidente, ha movido las reflexiones que aquí presento: ¿cómo pugnar con las violencias desde el artivismo, cuando está en juego el valor de la vida?

México es un país atravesado por las violencias del Estado, de las fuerzas de seguridad (militares, paramilitares y policías) y el crimen organizado. Todas ellas se remontan en el tiempo, pero Ana Paula Sánchez-Cardona se centra en su artículo en los últimos cincuenta años. 

El Zapatismo es uno de los grandes hitos que, además de producir un cambio en las luchas sociales, es un movimiento determinante a la hora de definir y circunscribir el artivismo. Otra de las paradas importantes, y sin salvaguardar la cronología, se detiene en los acontecimientos de 1968, las protestas obreras y estudiantiles que desembocaron en la triste Masacre de Tlatelolco.

Buena parte de las acciones artivistas ocurrieron (y ocurren) en el espacio público, pero Ana Paula también nos recuerda que hay una dimensión ciberactivista impulsada desde México. Esta dimensión virtual del artivismo dio lugar a pensar en la intervención y actuación en otros espacios (no físicos), así como un tipo de Net.Art centrado en las cuestiones políticas.

Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad; reivindicaciones en materia de derechos igualitarios de la comunidad LGTBI, denuncia la violencia y asesinatos de odio, conforman el mapa de las resistencias artivistas de esta mitad de siglo. La autora, nos deja claro que en México se hace patente que el artivismo no es un gesto estético de la política, sino una cuestión de intervención directa en la comunidad, que puede costar la vida. 

La impunidad ante las violencias, obligaron a la sociedad civil a organizarse y denunciar, a tratar de frenar la oleada de crímenes exponiendo los cuerpos, pero en este camino de activismos artísticos, también han dotado una identidad propia a las protestas.

Arte activista latinoamericano/ Foto: Patricio Hurtado

Atlántico y Pacífico

Yéndonos para el sur del continente, las meditaciones sobre el artivismo pasan de un lado al otro de la Cordillera de los Andes, del Atlántico al Pacífico. 

Desde la ciudad de Rosario (Argentina), Marilé de Filippo también plantea su escrito en torno a la cuestión de la violencia. Aunque ese país tiene una dramática historia de violencia de Estado con secuestros, torturas y desapariciones que han generado y generan muchos movimientos artivistas, la autora se concentra en las violencias más recientes, específicamente en el plano eco-social.  

A partir de allí explora diferentes puntos de tensión entre estética, política, violencia y vida, definiendo desafíos nodales del activismo artístico actual. Su genealogía se remonta a finales del siglo pasado, y la crisis financiera/social/política que desembocó en caceroladas populares, fábricas recuperadas, economía de trueque, jubilados en lucha, y un largo etcétera de movilizaciones, que marcaron el despliegue de una “estética-en-la-calle, festiva y plebeya”.

El mapa que presenta discurre por la creatividad estético-política y diversos puntos de su conformación que pasan por los procesos de carnavalización del artivismo; la impronta del movimiento feminista y LGBTTTIQ+ (con el símbolo icónico pañuelo verde), para llegar a un artivismo “pandemial”. En todos estos hitos se ponen en cuestión las fronteras entre arte y vida (y por supuesto la autonomía del arte), así como el devenir artista de los sujetos sociales en la era las instituciones del arte y la producción artística masiva.

Marilé nos invita a detenernos en la estética de la violencia, para marcar ciertas particularidades del territorio de análisis que presenta y que muestran puntos de divergencia con los artivismos de países como, por ejemplo, México, Colombia o Perú.

Dentro de esa estética de la violencia, se abre un campo centrado en el activismo eco-social que escruta la función de las aguas del río Paraná (que franquea la ciudad de Rosario), tratado desde una visión extractivista que ve en él un “recurso”, convertido en territorio de especulaciones ambiciosas y de destrucciones ambientales. 

En las luchas ecológicas que presenta hay poco de romanticismo verde y mucho de uso de la alegría como una estrategia política y estética. Poner el regocijo y lo festivo en el centro de las acciones artivistas, conlleva la voluntad de otorgarles a los cuerpos una superficie de placer, invirtiendo la operación de sojuzgamiento de la violencia sistémica. 

Paulina Varas nos muestra algunas tácticas desarrolladas por artistas y colectivos en Chile durante la lucha antidictatorial, específicamente en los años setenta y ochenta. A partir de ellas, invita a seguir un rastro que desemboca en un potente legado crítico para las luchas sociales actuales. 

La autora se pregunta por la persistencia de aquellas tácticas del siglo pasado y su permanencia en el presente, así como las formas en que reactualizan o sitúan en otras luchas actuales. 

Nuevamente, el terrorismo de Estado juega un papel omnipresente, junto a la represión política, la censura, hasta las torturas y muertes. Ese dramático escenario fue creando formas de resistir, donde el arte puso el cuerpo para sostener la vida. 

Buena parte del texto de Varas, bascula sobre el trabajo videográfico de la artista chilena Lotty Rosenfeld. La obra de la década del 80 de Rosenfeld, juega con el cuerpo individual pero, al mismo tiempo, funciona como una metáfora del cuerpo social en la coyuntura socio política del Chile de la dictadura. 

Paulina Varas nos abre el camino para seguir escudriñando en la génesis artivista a partir de acciones de otros grupos como: Colectivo de Acciones de Arte (CADA) o las “Acciones de apoyo” de Luz Donoso y Hernán Parada, junto a los artistas Elías Adasme y Patricia Saavedra. Todas éstas marcaron formas artivistas relacionadas con episodios de violación de los derechos humanos. 

Las experiencias artísticas fueron creando espacios de microresitencias, que terminaron por desplazar la idea obra de arte (como objeto acabado para ser exhibido en un museo), para propiciar diversos modos de hacer y actuar en la realidad. 

La transición democrática de Chile abrió un nuevo camino, pero no se borraron las heridas de las violencia de Estado. El nuevo desafío de la situación sociopolítica, no eliminó algunas consignas que siguen latiendo.

Así, reactualizando las problemáticas sociales pero con un hilo tendido hacia el pasado, pueden verse en una serie de acciones masivas como la de Coordinadora feminista 8M (CF8M), que articulan desde un horizonte feminista múltiples organizaciones sociales

Solo desde los espacios de resistencia creativa en las calles que siguen esta genealogía trazada por Paulina Varas, es que podemos entender prácticas artistivas como la performance “Un violador en tu camino”, realizada en el año 2019 inicialmente en la ciudad de Valparaíso y luego replicada en múltiples ciudades a nivel global. 

La autora nos deja claro que desde los años más convulsos de la dictadura hasta las performances más actuales, han pasado décadas y, obviamente, los contextos fueron variando. Sin embargo, hay un tejido que atraviesa los tiempos y que se deja ver con claridad en todas esas prácticas artivistas. 

Artivismo en Argentina/ Foto: Graphical Brain

Buenas prácticas a través del caso de López

Ana Longoni, todo un referente en la producción teórica sobre la relación entre arte y política en América Latina, participa de este número de ARTivismoWebZine, con un texto que presenta una serie de prácticas artivistas en torno a la segunda desaparición de Jorge Julio López en Buenos Aires (Argentina).

La historia argentina no escapa del estigma de las violencias del Estado, y por ello Longoni comienza haciendo referencia a algunos colectivos artivistas argentinos que desarrollaron sus acciones, especialmente, a partir de la última dictadura militar. 

Al hilo de esta cuestión, su texto presenta una serie de prácticas de activismo artístico generadas alrededor de la segunda desaparición de Julio López en 2006, un trabajador de la ciudad de La Plata. Después de haber estado ilegalmente recluido en centros clandestinos de detención junto a varios de sus compañeros entre 1976 y 1978, sobrevivió al terrorismo de Estado argentino 

A finales de los 90 su testimonio fue una pieza fundamental en el juicio contra los responsables del terrorismo de Estado. Pero, Jorge Julio López, desapareció por segunda vez de camino hacia el juzgado para escuchar la sentencia.

Su historia está llena de momentos oscuros y muestra el brazo duro de la aplastante sombra omnipresente de la dictadura, que ha impedido que el caso se esclareciera y se hiciera justicia. 

La desaparición de López generó todo tipo de movilizaciones populares, tanto de personas que no pertenecían a organizaciones, como de activistas y, también, de artistas. Las mismas marchas de protesta fueron el escenario de diversas intervenciones, en las que se incluía desde intervenciones performáticas, sonoras o gráficas. 

Colectivos de artistas y también artistas individuales, produjeron una serie de obras y acciones en torno a la situación generada por la segunda desaparición de López. Así, Longoni nos habla de intervenciones artivistas, realizadas desde el 2006 en adelante, del colectivo Siempre (de La Plata); de las acciones de sellado en productos de supermercado de Hugo Vidal; de las instalaciones en los techos de edificios del artista cordobés Lucas Di Pascuale, y de las acciones en los medios públicos de transporte del artista-activista de la provincia de Chaco, Leo Ramos.