Gabriela Berti

Esta primera publicación del proyecto ARTivismo WebZine está destinada, precisamente, a explorar la misma idea de artivismo y sus confines. ¿Qué es el artivismo? ¿Cuáles son sus límites y qué lo diferencia de otras formas de arte político, comprometido o arte de protesta? ¿Cómo el arte puede incidir en los problemas sociales e influir en las agendas políticas?

Las prácticas artivistas ocupan un espacio liminar, en el que se produce un proceso de hibridación entre ambos mundos: el del arte y del activismo. El artivismo suele ir asociado a diferentes conceptos, tales como el de la política y lo político; la esfera pública; la acción directa; la efectividad e impacto visual; la utilización de la simulación, la ironía y la performatividad; el menoscabo del lugar de la autoría; las redes de trabajo y creación colectiva; la horizontalidad, entre otros. 

Es difícil (y poco eficaz) encerrar este tipo de acciones en una definición como la que encontraríamos en un diccionario o, pero aún, reducir el artivismo sólo a las partes que lo componen (arte + activismo). No obstante, nos proponemos explorar coralmente de qué manera las prácticas artísticas pueden tener efectos políticos, yendo más allá de la política (como mecanismo y tecnología de representación). Por ello, la idea del presente proyecto es abrir un campo de reflexión sobre las prácticas artísticas del artivismo que, principalmente, construyen modos de relación a nivel micro. 

Marcelo Expósito, Jaime Vindel, Ana Vidal, Jordi Claramonte y Santiago Barber reflexionan sobre estas y otras cuestiones que giran en torno al artivismo y sus posibles definiciones. Lxs autorxs proponen acercarnos al concepto, no como un gesto confrontativo para desafiar la autoridad o para hablar sobre política, sino como una práctica que permite producir un hecho político, convocar lo político sin tener que hacer referencia a ella en forma sustantiva.

Cada autor/a ha explorado el concepto a su gusto, a veces con referencias más académicas, a veces vivencialmente, pero todxs tienen una larga trayectoria (vital e intelectual), en este tipo de prácticas. Sus palabras, cavilaciones y ejemplos son materia prima para continuar la reflexión y el diálogo sobre una forma de arte que trabaja en la construcción de vínculos sociales de afectación y la producción del deseo, antes que sobre cánones estéticos de belleza, armonía o composición. 

El activismo artístico es el título del artículo de Marcelo Expósito, Jaime Vindel y Ana Vidal, cuyo objetivo es abordar, tensionar y cuestionar las experiencias que pueden enmarcarse en ese concepto, para sensibilizar las miradas sobre las relaciones entre arte y política 

Lxs autorxs explican que prefieren la fórmula «activismo artístico» para subrayar la dimensión artística de ciertas prácticas de intervención social, en lugar de «arte activista», donde parece que el activismo sea un adjetivo o el apellido del arte. Siguiendo esta idea, Marcelo Expósito, Jaime Vindel y Ana Vidal, consideran que el activismo artístico se define por los modos de producción de formas estéticas de relacionalidad, que anteponen la acción comunitaria a la autonomía del arte, (característica del pensamiento de la modernidad europea). 

El primero de los puntos nodales de este artículo se detiene en la complicada relación del activismo artístico, las instituciones del arte y la cultura, poniendo en tela de juicio la irreductible antiinstitucionalidad, como característica cerrada y definitoria. 

Otro de los núcleos del argumento que sostienen lxs autorxs es que el activismo artístico no es un sinónimo del «agit-prop» («agitación y propaganda»). La agitación puede formar parte de las acciones artivistas, pero nunca reducirse sólo a ese gesto. 

El artivismo conjuga lo micro y lo macropolítico porque, por un lado, puede tematizar la política, pero su fuerza reside en la manera en la que contribuye a producir política. Por ello, estas prácticas no desprecian la representación política, pero la acometen como un activador para desatar la potencia micropolítica. 

Otros puntos relevantes de la argumentación de Expósito, Vindel y Vidal, remarcan la indiferenciación entre artistas y no-artistas; que el artivismo no produce objetos «artísticos», sino dispositivos de subjetivación alternativos. En este sentido, hay una materialidad débil, extrainstitucional y extradisciplinaria, que requiere la activación de los cuerpos en relación, para coproducir modos de subjetivación alternativos y otras formas de sociabilidad, etc. 

El texto concluye indicando que activismo artístico es una forma de activar la invención de modos de hacer y vivir, que contribuyan a una transformación radical del presente.

Jordi Claramonte propone un texto titulado Somos lo que hacemos, con referencias filosóficas que invitan a pensar la extensión del potencial político del arte. 

Contrariamente a lo que pueda imaginarse a priori, el arte burgués también ha sabido decantarse en una forma de arte político de reacción, ya sea como desobediencia ante la norma, a lo establecido, etc. Los movimientos de vanguardias como el Dadá pueden ser un ejemplo de ello en tanto y en cuanto buscan tomar distancia de la «normalidad» del arte de su tiempo, reclamando su propia ración de negatividad. La voluntad de autonomía ilustrada de la modernidad se acercó a un discurso político a través de un gesto de rebeldía, pero que no deja de ser heredero del romanticismo. 

Claramonte remarca que, en el artivismo, no se trata de poner el arte al servicio de la revolución, o del partido, o de una determinada línea política, ni siquiera al servicio de la asociación de vecinos/as o una causa social, ni de usar ninguno de estos elementos como mera excusa o inspiración por parte de las prácticas artísticas. El artivismo, a diferencia de otras formas de arte político, es articulación social y política. Precisamente a partir de aquí, el autor desgrana su discurso analizando cada uno de los términos de la afirmación, hasta el mismo nexo copulativo: la «y». 

Uno de los elementos centrales que caracterizan el enlace entre social y política, en el artivismo, tiene que ver con las prácticas modales entendidas como herramientas de pensamiento, discernimiento e intervención. Si hay alguna experiencia estética en estas prácticas modales, nunca quedará adherida al virtuosismo, la genialidad o la idea belleza, sino a la manera (a los modos) de relación que construye o, incluso, rompe. 

Las prácticas artivistas no pertenecen ni son sancionadas por «el mundo del arte», puesto que socialmente no conciernen a dicho ámbito, sino al del contexto mismo en el que se piensan, se producen y al tipo de lazos que traman. Esto permite crear, frente al capitalismo cultural, una estrategia que evita que el artivismo se convierta en decoración o un objeto bello de contemplación, admiración y virtuosismo autoral. 

Por otra parte, si el artivismo reúne un tipo prácticas que quieren resultar relevantes estética y políticamente, deberá ser capaz de tramar el ámbito de creación artística propiamente dicho y el espacio social en el que se trabaja, poniéndolo todo en un mismo plano. La dimensión política de las prácticas del arte de contexto no dependerá jamás de una orquestación de buenas intenciones (ni de una autor/a o colectivo).     

El texto de Santiago Barber, Activismo artístico y luchas vecinales en el espacio público, crea un marco conceptual a partir del cual presenta y analiza diferentes experiencias del activismo artístico, fundamentalmente de la ciudad de Sevilla, en el período comprendido entre 1999 y 2003. 

Para el autor, el artivismo se caracteriza por un alto grado de experimentalidad, que se modela de acuerdo a las necesidades de cada acción y agentes implicados. La articulación con el contexto signa parte de esa experimentalidad, tanto en un sentido discursivo (relatos hegemónicos o antagónicos que lo conforman), físico (los cuerpos que intervienen, el barrio, el lugar de las acciones/intervenciones, etc.), como simbólico (comunidad, movimiento social). De esa experimentalidad se desprende, en buena medida, la manera en la que se tejen las relaciones artivistas. 

Por otra parte, Barber aborda un tema importante dentro de este campo, que tiene que ver con la utilización de los espacios públicos y la cuestión del derecho a la ciudad. Todo esto cobra especial relevancia cuando se observa la capacidad táctica del artivismo, que se vale del sentido de la oportunidad para irrumpir en un determinado momento y lugar, con el fin de dar visibilidad a los nodos de conflictos sociales. 

Replicabilidad, reapropiación y adaptabilidad son algunos de los conceptos claves en la lucha por la reivindicación de la ciudad. A partir de aquí, el autor expone diferentes ejemplos de intervenciones artivistas, donde la guerrilla de comunicación ha sido un denominador común: «Talleres para intervenir la ciudad»; «El kit perdonen las molestias»; «Peatón Bonzo»; «No&Do»; etc. 

Los ejemplos nos llevan a ver cómo las articulaciones que promueven las prácticas artivistas mencionadas, ponen en marcha diferentes dispositivos y máquinas de intervención. Cada uno de ellos tiene un nivel de compromiso y efectividad política diferente y su materialización se corresponde con la dinámica de las alianzas establecidas en cada momento, antes que con un plan de obra maestra. 

Para finalizar, Barber resalta algo importante que debe tenerse en cuenta a la hora de hablar del artivismo: no todas las alianzas producen espacio de consenso o afinidad. Entonces, la cuestión que queda en al aire es: cómo articular políticamente desde la imposibilidad, y partiendo de la base de que las relaciones son instrumentales. 

Colectivo, descentralizado, colaborativo, táctico, beligerante son algunos de los elementos que conforman el andamiaje de sostén de las prácticas situadas artivistas, que son más catalizadoras que autorales. En definitivita, la ética y la estética del artivismo no se comprenden nunca por fuera de la conflictividad y la complejidad de las relaciones e, incluso, de sus contradicciones. 

En resumen, los textos aquí congregados señalan que hay una diferencia bastante significativa entre la política y lo político. La primera, asentada sobre mecanismos institucionales, mientras que lo político excede esos engranajes, centrándose en los intereses de las comunidades, colectividades, las tensiones sociales a nivel micro o, incluso, nanopolítico. El artivismo recae siempre en la segunda de las opciones.

En lo político del artivismo cuentan lo imaginario, el deseo y las diversas formas de malestar colectivo que atraviesan los cuerpos, desbordando la política. Como resultado de ello, es posible hablar de estéticas disidentes, antes que objetos de crítica que podrían formar parte de la colección de un museo. 

En cierta medida, lo que el artivismo hace es convertir la desazón que oprime la vida, las preocupaciones y el deseo de lo político en política, usando mecanismos y lenguajes que no necesariamente responden a las categorías tradicionales del arte, que se transforman en altavoces, movidos por el deseo, el placer y un cierto gusto estético. Así, el artivismo modula y articula infinitas maneras de politizar (siempre en infinitivo) y poner lo político en la esfera pública, al mismo tiempo que se va haciendo y deshaciendo. En fin, tal vez sea cuestión de entender la ética que opera en la acción directa como parte de las bellas artes o, mejor aún, como la belleza en arte de las gentes.